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viernes, 17 de agosto de 2012

VERANEARIO 2012 (XVIII)


VERANEARIO 2012 (XVIII)
Por Apuleyo Soto








VEGAFRÍA. ¿Quieres acompañarnos a cantar en Vegafría?, me dice Quini de la Morena, soprano de la coral Camerata de El Molar (Madrid), porque sabe que soy de Cozuelos. Con mucho gusto, le respondo. Cantamos en la iglesia de Santa María Magdalena, visitamos la ermita del Cristo del Humilladero, damos una vuelta por la hondonada, que es la línea divisoria de las cuencas del Cega y el Duratón llena de manantiales, y nos juntamos con el pueblo para saborear una paella, con la que nos agradece y paga el cante. ¿No es hermoso que una aldea de treinta habitantes –en verano se triplica la población- goce con la música lírica y castiza de las Zarzuelas? El gigantesco moral de la plaza con cuyas moras nos tintábamos la cara los niños en las Fiestas de Agosto ya no está, pero sorprende a los coralistas la limpieza de las calles y la generosa atención de los vecinos. En Vegafría sigue manando el agua, y ha dado un escritor como la copa de un pino: Alberto Olmos, que en ella se refugia y en ella, por la milagrosa tecnología digital, tiene el mundo a su alcance.

FUENTIDUEÑA. De Vegafría, por Fuentesaúco y Calabazas, arribamos a la Villa de Fuentidueña. La bajada por la cuesta de las mil revueltas que parcheaban a pico y pala mis tíos Juanito e Hipólito, les alucina al contemplar enfrente las ruinas del castillo en que Alfonso VIII firmara su testamento, los restos de las murallas de mampostería con sus tres arcos bien conservados, las olvidadas bodegas asomándose en el balcón del risco calvero, ya sin vino que beber, la iglesia de San Miguel, románico puro, el hospital de la Magdalena construido por Doña Mencía viuda del Señor de la villa Don Álvaro de Luna, el Pico de San Blas, y la vega del Duratón ensanchándose arbolada. Tomamos unos pinchos en el chiringuito “Rufino”, junto al puente de los siete ojos, y nos bañamos en el pantano de Las Vencías, casi allí mismo. Al regreso a Guadalix nos salen al encuentro, o los atravesamos desviándonos unos kilómetros, San Miguel de Bernuy, Cobos de Fuentidueña, Carrascal del Río, Sepúlveda, Castilnovo, Villafranca, Duruelo, Cerezo de Abajo… Volveremos. A los encantadores pueblos segovianos siempre hay que volver.
Precisamente en Fuentesaúco se nos quedó hasta la madrugada, entre pitanza y baile, el sauqueño Manolo con su “caravana de mujeres”, extranjeras y nativas, a las que el poeta trae y lleva de un sitio a otro en búsqueda y recuperación del asentamiento rural de la zona, aventado por la emigración de los cincuenta-ochenta. (Por cierto, este Fuentesaúco nuestro no es el de los garbanzos de Zamora, que más se conoce, pero también los cultiva. Quise hermanarlos y aún no he tenido respuesta de sus alcaldesas). Sigue, Manolo, en tu lucha simpática, folclórica y procreadora de segovianitos.

CHATÚN Y ZARZUELA DEL PINAR. Como el tiempo no es un chicle que se alargue a placer de cada cual, sino que está marcado por el implacable reloj de las horas, que cantara Alberto Cortez, me quedo sin ver y abrazar al poeta labrador, pastor y resinador de Hontalbilla 
que veranea en Chatún, al lado de Cuéllar, mi admiradísimo Saturnino Muñoz Garrido y a mi querido Félix Calvo, nacido en Zarzuela del Pinar y hoy, y ya por varias elecciones de los socios, Presidente del Centro-Hogar de Castilla y León en Barcelona, al que pregonaré las Fiestas de Santa Teresa el 20 de octubre en la Ciudad Condal. Otra vez será. Porque lo va a ser. Lo juro.



Fotografías Jesús García y Jiménez, Fco. J. García, www.tierracomunera.org;