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sábado, 25 de diciembre de 2010

Maderuelo, La Vera Cruz


En la actividad del Glorioso Mester llevada a cabo el pasado 19 de Junio de 2010, contamos con grandes anfitriones en dicha visita a Maderuelo, entre ellos Christophe un amigo maderolense que aparte de estar unido en cuerpo y alma a dicha villa es una reencarnación templaria en dicho lugar.
Al haber crecido el nivél freático de las aguas del pantano de Linares y estar inundada la ermita templaria de la Vera Cruz fue imposible visitar su interior, valga por tanto un extrato del libro Por los Caminos del Temple del que es autor el Presidente del glorioso Mester Jesús García y Jiménez:


En este lado del río Riaza y junto a la carretera que viene de Ayllón se encuentra el viajero a su izquierda en una pequeña explanada, la ermita de la Vera Cruz esta data de finales del S-XI y principios del S-XII. Es una ermita de mampostería rústica en sus lienzos y de sillería en sus esquinas, de piedra caliza rosada de la zona; planta rectangular de diez por quince metros y 8 metros de altura, siendo su ábside cuadrado de cinco metros de lado y seis y medio de altura. Su única decoración exterior la componen 50 canecillos lisos sin ornamentación ni figura alguna. En su interior se hallaba uno de los mejores conjuntos de pinturas románicas de la provincia de Segovia, atribuidas al llamado Maestro de Maderuelo, pintor cuyo nombre propio nos es desconocido, pero sin duda y por su estilo pictórico fue formado en Italia; de estos frescos todavía quedan huellas en sus paredes absidales internas del templo
Su construcción no se debió a los vecinos de la Villa, está documentado que fue la Orden Templaria que llevó a cabo las obra, y habiéndose extinguido la cofradía de la Vera Cruz, ni el Ayuntamiento ni el Obispado han reivindicado su propiedad; inclusive la Confederación Hidrográfica del Duero no la incluyo entre los terrenos expropiados, por lo que se sobreentiende que sigue perteneciendo a los habitantes de la Villa.
Declarada monumento histórico por R.O 6 diciembre de 1924; fue utilizada como vivienda y sirvió de pocilga casi hasta la fecha del cierre de compuertas del pantano de Linares, hecho que se produjo en 1951. Al producirse la esperada subida de aguas, la recula del pantano inundó el edificio llegando a alcanzar en su interior casi un metro de altura. A partir de entonces el edificio alcanzó su mayor ruina llegando a perder la cubierta de la nave. Por suerte en 1947 un experto, José Gudiól, trasladó los frescos a lienzos para salvarlos de una desaparición preconizada; Se llegó a comentar que al igual que otros monumentos y obras de arte se llevarían a tierras americanas, el destino quiso que así no fuera ya que en 1950 quedaron definitivamente emplazados en el Museo del Prado madrileño.


En una pequeña capilla que poseía el templo, existían rancias figuras de Santos de estilo Bizantino. También se encontraba en su interior un grandioso Pantocrator y una serie de escenas de tipo narrativo que, sin duda alguna, preludiaba el estilo gótico. Todavía se conserva un arco de medio punto, a los pies de la capilla, en el cual se representa la creación del hombre junto con el pecado original.
La necesaria restauración del edificio le llegó a partir del año 1980, en cuyas obras aparecieron antiguos enterramientos adyacentes a su fachada; con posibilidad que guardasen cierta contemporaneidad con la época que allí estuvo afincada la esotérica Orden.
 Además de llaguear las piedras de sus lienzos con cemento, se procedió a cercar el templo con un muro perimetral de un metro de altitud, aproximadamente, construido en hormigón para contención de aguas en las crecidas del embalse.

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